La cuadrilla
Marzo 16, 2010
De los toros me interesa el lenguaje. Al margen de la fiesta, de la liturgia, de la vocación y sus polémicas, que me aburren hasta el bostezo, la literatura taurina tiene su propia vida. El periodismo taurino lo leo con gusto.
Ahí está Hemingway, embriagado de épica, y por eso la foto. Tampoco soy el primero que recuerda las crónicas de Joaquín Vidal en ‘El País’.
Me he acordado de Vidal al leer ‘La cuadrilla’, un blog de elmundo.es que no conocía. Juan Cruz, que tiene vocación de responso y escribe un artículo por cada ilustre fallecimiento, dijo de él que fue el hombre que escribió los toros.
He encontrado por ahí una crónica suya de 1994, de San Fermín. Se titula “El coladero”. Es una crónica del jolgorio, la celebración, la borrachera, la coña marinera y también algo de toros. A San Fermín pedimos por ser nuestro patrón y todo eso:
“Nunca fue el coso pamplonés, en cambio, la campa donde se va a merendar y a empinar el codo, un lugar en el sol, un coladero donde todo cuanto sucediese en el ruedo le trajera sin cuidado, y a nadie le importara que allá ni siquiera sucediese absolutamente nada. Y resulta que así está la Pamplona taurina en este momento. Se salvan 73 aficionados de esos que están atentos a la lidia -eran 74, pero uno lo ingresaron ayer con una indigestión de pochas- y es difícil encontrar entre la multitud que abarrota la plaza alguien a quien le interesen el toro, el torero, el toreo, las orejas, el presidente y la buena madre que los trajo a todos al mundo”.
En un divertido relato de Cortázar un profesor de idiomas toma como referencia un texto de este tipo, firmado por el propio Vidal, para enseñar español a un grupo de extranjeros. Los alumnos no se enteran de nada. El profesor se extraña.
